miércoles, 15 de octubre de 2014

Perdiendo la Fe en la Economía


Ojos negros, pelo cuervo, piel  ébano. Pantera vestida de viernes por la noche para matar.
Un bar en el corazón de Los Andes, Venezuela,  un sitio para decir con el “chino” Valera Mora: “Señora, si Ud. conociera a Mérida / diría que Sodoma es virgen.”
Piel de ébano, pelo ala de cuervo, ojos aciagamente negros. Noche del viernes. Joven pantera al acecho. Mi carne expuesta con la camisa abierta, pero ¡ay de mí!: la pantera no caza víctimas sino conversos. Como los aztecas, es la suya la guerra florida: busca prisioneros. Introito en clave renca…
El leitmotiv de estas líneas es la pérdida de fe, no en cualquier institución o credo                –Religión, Iglesia, Estado– sino en el nuevo ídolo, la ramera ebria que cabalga desnuda a lomos de la bestia peluda y policéfala del Apocalipsis de San Juan: la Economía.
Era la suya una belleza bruna, oceánica, evocación de peces abisales con su linterna fatal jamaqueante en el morro y ¡zas!: la hermosura mata. Estas líneas son la crónica urbana  –que quisiera ser satírica, como una herida que sangra– de los juanes y marías de todos los días y todas las esquinas que deambulan de claro en claro y de turbio en turbio con una chapa en el pecho de los productos de belleza Papachongo, la línea de plantas medicinales Monte-es y los peroles plásticos Durex (no la conocida marca de condones, sino una fábrica impensable de peroles).
Hay en estas gentes un como  soplo divino y tenaz  porque tienen una misión: quieren ser ricos.  D. H. Lawrence escribió en  un poema al que tituló Riqueza: “Cuando deseo ser rico, entonces sé que estoy enfermo.” En ese caso, declaro mi crónica convalecencia. Esta enfermedad de querer ser rico se ha enconando conforme respiro y me distancio del vivero de mis días de estudiante. Otrora incubé la idea de vivir en el desierto, aullar, lanudo y terrestre a la Luna, vender mis poemas en la carretera como si fuesen conejos muertos, pericos cautivos o cualquier otro animal de monte. Pero esos espejismos se fueron evaporando ante la terquedad de los hechos nudistas de la vida: el pasaje en el carrito por puesto, la resaca del miche malo, el pecado que no se concreta porque es caro. Hay pecados baratos pero todos son veniales. Las tragedias cotidianas y las molestias menudas abonan  el espejismo de querer ser rico. Así que hay un puente en el espejo de esos juanes y marías de todos los días y mi alma convaleciente por querer ser rico, sinceramente.
Pero Dios, en su cósmica sabiduría de las finanzas, no le dio cachos al burro; aunque según Engels la burra lo corone con todos los cachos del mundo [paráfrasis herética de El Origen de la Familia, la Sociedad y el Estado]. Y ese no tener cachos el burro es el secreto de su sobrevivencia, porque a buen seguro le daría por emprender a cornadas contra quimeras de todos los colores, enderezar entuertos y otras causas fútiles, perversas y torcidas. Así, pues, Dios puso en mí el deseo pero no el talento. Y en este pelabolismo nuestro de todos los días es que encontré un viernes por la noche a la pantera.
Curvas mortales reclinadas sobre la madera, ojos de antracita que pasean el espacio, la sospecha de una palabra cautiva en sus labios: el aliento de miel de la pantera del que hablaban los bestiarios medievales. Venado cautivo, burro sin cachos, fuime acercando creyéndome sigiloso. Una sonrisa tímida…No te había visto antes por acá (lo que es una manera tan mala como cualquier otra de anunciar que se tiene problemas con la bebida). ¿Qué haces aparte de ser bonita y adornar el mundo? –A estas alturas es un milagro que no me haya dado la espalda, pero la pantera está de cacería… Viste ropa casual, con ansias de percha ejecutiva, y allí, en la solapa, como una luna diminuta, está la chapa como un talismán: los productos Papachongo, la hierba seca Monte-es, los peroles plásticos Durex, asesinos de tortugas marinas.
II
Misericordiosamente acortemos el relato: una tarde la pantera llamó al venado para invitarlo a salir. Seguramente en la vida pasado fui Job, avergonzando a mi Señor, haciendo brotar árboles de mis heridas. Y ahora la Rueda de la Vida me premia, eso creo... Ella no quiere ir al bar del viernes por la noche. La ruta inicia, pienso lúbricamente, en el salón de un hotel venido a menos en el que se dará una Conferencia  –así, con todas sus letras– de los jóvenes y brillantes ejecutivos regionales de los productos de belleza Papachongo. Una primera nube oscura en mi cielo erotizado de venado ingenuo: la entrada es paga: menos dinero para la cerveza: menos oportunidades de ir, no al salón, sino a la cama: el polvo exprés: el polvo del gallo; la sabiduría ancestral de los pueblos originarios: indio comido, indio ido. 
Aquellas personas allí reunidas fueron desplumando durante dos horas los sueños sin cuernos del burro. Develaron  sus insignificantes vidas antes de tropezar –lo que ahora era el eje de sus vidas redimidas– con los productos Papachongo, con la gran familia Papachongo, con la filosofía Papachongo, con la infame chapa Papachongo. Antes eran borrachines, tarumbas, fuleros, ninfómanas –suspiro–, cuenteras, adulteras –otro suspiro–, y ahora sus vidas –ayer retorcidas y cojas– estaban en los rumbos ortopédicos de una verdadera religión: la Economía. Y Dios estaba entre ellos y tenía en la frente el signo del dólar…
III
Aquellos juanes y marías eran sufridos como anacoretas, tercos como mártires, obstinados como fundamentalistas; visionarios, duros y contemplativos. Pero sobre todo eran vampiros…
El mecanismo del contagio es el siguiente: hay una situación previa: el pelabolismo, algo así como un ambiente obeso-génico, pero al revés. En este ambiente de incertidumbre bursátil muchos sucumben a los cantos de sirena de la autoayuda financiera. Pero este clima espiritual requiere de un lubricante: dinero, aunque sea poco. Está en la base de la pirámide, pero se trata de una pirámide con tendencia cilíndrica –y tragicómica– porque el nivel superior es apenas un poco menos miserable que el nivel inferior en aquella fraternidad jerarquizada de vampiros. Para trepar por la cuesta debes atraer nuevos conversos quienes a su vez deben llevar a otros conversos hasta que en algún punto de la infección grupal se trata simple y llanamente de pendejos. Y supongo que es aquí donde entro yo…: Aquella noche, con mis sueños erotizados desplumados, no más sabio pero sí más escéptico, perdí la poca fe que me quedaba, vacilante, semejante a una pavesa, en el nuevo ídolo, la ramera desnuda del fin de los tiempos: la Economía.
Camilo Morón

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