jueves, 9 de octubre de 2014

La Elección de la Paz


Leemos en el Génesis: “El Señor dijo: –¿Por qué has hecho esto? La sangre de tu hermano, que has derramado en la tierra, me pide a gritos que yo haga justicia.” Caín, fratricida y renegado, fue marcado por el Señor con una señal y la promesa que si alguien le matase, sería vengado siete veces. Caín fundo la primera ciudad y tuvo hijos e hijas; uno de sus descendientes fue Lámec. “Un día Lámec les dijo a sus esposas Adá y Silá: Escuchen bien lo que les digo: he matado a un hombre por herirme, a un muchacho por golpearme. Si a Caín lo vengarán siete veces, a mí tendrán que vengarme setenta y siete veces.” Según los exegetas, el canto de Lámec –así le llaman– expresa la arrogancia del hombre que responde a la mínima ofensa con venganza desproporcionada. El número senteta y siete (once veces siete, el número de la plenitud) indica que se lleva la venganza a su último extremo.
 Decía Sorel: “La violencia es la partera de la historia”. La violencia histórica puede surgir de dos fuentes distintas empero complementarias: la arrogancia y la desesperación. La arrogancia de los opresores. La desesperación de los oprimidos. La violencia tiene fundamentos biológicos y yace en los sótanos de nuestra herencia evolutiva. La territorialidad, asociada al cerebro reptiliano, explica parcialmente las guerras de conquista, las fronteras nacionales y la sectorización de los espacios urbanos. La neocorteza cerebral está asociada a los atributos que distinguen a los mamíferos: la sociabilidad, la empatía, la inteligencia, el lenguaje. Los seres humanos hemos desplazado nuestro centro de gravedad evolutivo de la biología a la historia y la sociología, pero no hemos renunciado a nuestras raíces remotas. Esta lucha interna y externa ha sido tema de la mitología, la religión, la filosofía, el arte y la ciencia, con distinta proporción de optimismo o pesimismo.
Podemos ser nihilistas y asumir una pose escéptica ante las posibilidades de la paz. O podemos ser portadores del mensaje universal que Mahatma Gandhi, Krishnamurti, Martin Luther King,  John Lennon o Carl Sagan legaran a la humanidad. Gandhi actuó en política de tal modo que “pudiera mirar a Dios cara a cara, para alcanzar el moksha [salvación]”. El reverendo King declaró: “De mi formación cristiana he obtenido mis ideales y de Gandhi la técnica de la acción.” Enseñaba Krishnamurti que “sólo puede haber paz y felicidad en el mundo cuando el individuo –que es el mundo– se consagra definitivamente a alterar las causas que dentro de él mismo producen confusión, sufrimiento, odio.” Lennon cantó para que diéramos una oportunidad a la paz. Cuando Sagan vio el planeta Tierra desde los límites del sistema solar, como una mota de polvo suspendida en un rayo de sol, escribió sobre ese pequeño punto: “Para mí, subraya nuestra responsabilidad de tratarnos los unos a los otros más amablemente, y de preservar el pálido punto azul, el único hogar que jamás hemos conocido.”
En Metrópolis, la ciudad de la utopía del futuro, heredera de la aquella ciudad fundada por Caín, –tanto en la novela utópica de Thea von Harbou como en la película clásica de Fritz Lang–, un mensaje se impone de principio a fin: “Entre el cerebro y el musculo debe mediar el corazón.”
Como historiador anarquista, defino la condición humana por la posibilidad de elegir, de optar, o dicho en términos de la religión y la filosofía: el libre albedrío. Los conflictos sociales ofrecen una encrucijada: la violencia o la paz. Una señal de inteligencia es la libertad de elegir la paz.   

Camilo Morón

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