lunes, 20 de octubre de 2014

Vida Literaria


La vida literaria es en cualquier parte muy difícil, muy áspera, cuando se es intelectualmente responsable y se es de veras escritor. Si uno toma a la literatura como la fácil posibilidad de escribir un libro o un poema y después ser llamado para siempre “poeta” o “escritor”, entonces la vida literaria no tiene más dificultad que la que ofrece la vida misma en general, pero si se trata a la literatura como destino; si se es poeta desde los pies al cráneo y se afrenta la vida con toda la sensibilidad posible hacia ella, entonces la literatura es densamente cruel, y sus satisfacciones no pasan de ser bravísimos destellos solos en el alma, hacia adentro. Ser verdadero es duro, y trabajar deja solos. A la verdadera, la única soledad que existe no se la busca. Apenas uno es cierto y profundo, apenas uno arremete con su trabajo contra la mediocridad circundante, la soledad viene, como llamada por un imán.
La caterva de los “acompañados” —los compadres— se perdonan ese tipo de soledad que viene sola al ser que trabaja y escribe y se esfuerza. ¿Cómo le van a perdonar los que viven de su pequeño nombre parroquial, de su fama, a los que viven de escribir sin importarles que su nombre se aviente, que trabajan? Es una afrenta a su mediocridad, un insulto casi directo a su anonimato espiritual, a su desidia, a su falsedad humana.
….
Por eso decía que la vida literaria es difícil especialmente en los lugares en los que abundan los escritores que no escriben. Guardo en mi corazón las excepciones, pero éstas no hacen sino confirmar la espantosa regla general. Resultado de eso es que a esas excepciones les digan que “escriben demasiado”, cuando en realidad hacen lo que deben hacer: escribir. ¿Quién le reprochará a un carpintero que haga muebles? ¿Quién le reprochará al pintor que pinte? ¿Y quién, en definitiva, tiene el menor derecho a reprocharle a un escritor que escriba?

Ludovico Silva

viernes, 17 de octubre de 2014

Los Cucuyos en La Historia del Nuevo Mundo de Pedro Mártir de Angleria

Cucuyos los llama Pedro Mártir de Angleria. Cocuyos les hemos llamado desde la infancia en la antigua sierra de los Jiraharas. Zoónimo indígena. El nombre científico del género es Pyrophorus significa: el que porta el fuego.

Pedro Mártir de Angleria, (C. 1455-1526), nace en Arona, muere en España. Formado en Roma, se traslada a la Península en 1487; estuvo como soldado en la pérdida de Granada por los moros, luego se ordenará de sacerdote, predicador, capellán de la Reina, consultor y finalmente Cronista de Indias. Conoció personalmente a los protagonistas del momento y estuvo en contacto con los documentos y las relaciones escritas. Redactó también obras de historia, pero su labor más difundida y permanente queda en la Historia del Nuevo Mundo o también las Décadas, escritas en latín y traducidas en Madrid (1892).

El que advierte que tiene en su casa estos tan malos huéspedes (como son los mosquitos) o teme que se le entren, procura coger cucuyos, a los que engaña con esta industria inventada por la admirable maestra la necesidad. El que necesita cucuyos, sale de casa en el primer crepúsculo de la noche llevando en la mano un tizón encendido; se sube a cualquier altura próxima donde puedan verle los cucuyos, y, llamándolos a voces, da vueltas al tizón gritando fuerte: cucuyo, cucuyo. Piensan sencillamente algunos que, gustándoles el sonido de la voz que les llama, acuden volando los cucuyos; más yo creo que van al resplandor del tizón porque a cualquier luz acude un enjambre de mosquitos, que los cucuyos se comen en el aire mismo, como los vencejos y las golondrinas.

Cuando ha venido el deseado número de cucuyos, el cazador suelta de la mano el tizón: a veces algún cucuyo se va tras el tizón y se deja caer al suelo. Entonces puede cogerle fácilmente el que lo necesita, como el caminante coge al escarabajo cuando lleva cerrada la cáscara. Otros niegan que suelan cogerse así los cucuyos, sino que dicen que los que van a cazarlos tienen preparadas unas ramas muy frondosas, o anchas telas con las que le pegan al cucuyo cuando va volando alrededor, y le echan al suelo, donde caído está torpe y se deja coger, o, según otros dicen, cuando se deja caer, échanle encima la dicha rama frondosa o la tela y le cogen.

Como quiera que sea, el que ha ido a cazar al cucuyo, cuando ha cogido a este cazador se vuelve a su casa, y cerrando la portezuela de ella le suelta. El cucuyo, volando precipitadamente, da vuelta a la casa en busca de mosquitos; debajo de las camas colgadizas y en torno de la cara de los que duermen, que suelen atacarla los mosquitos, parece que está de guardia para que puedan dormir los allí encerrados.
Otra ventaja útil y graciosa proviene de los cucuyos. Cuantos ojos abre cada cucuyo, tantas luces disfruta su huésped. A la luz del cucuyo, que va revoloteando, hilan, cosen y tejen los indígenas y tienen sus danzas: éstos creen que le gustan las armonías de los que cantan, y que él también ejecuta en el aire los movimientos de los que bailan; pero es que él, siguiendo las varias vueltas de los mosquitos, por necesidad describe muchos círculos volando arrebatadamente por comer. También los nuestros leen y escriben a la luz, que brilla siempre en el cucuyo mientras tiene aquélla su regalada vianda; pero en habiendo apurado los mosquitos, o ahuyentándose ellos, él comienza a tener hambre y su luz va faltando; por eso, cuando observan ésto, abriéndole la portezuela, le dejan ir libre para que se busque la comida.

Otra ventaja maravillosa se saca del cucuyo. Los isleños enviados de noche por los nuestros, caminan más a gusto atándose dos cucuyos en los pulgares de los pies; guiándose por su luz, andan tan bien como si llevaran consigo tantas candelas cuantas luces llevan descubiertas los cucuyos, y aun toman otro en la mano para buscar uthias de noche. Son las uthias cierta clase de conejos poco mayores que los ratones, y eran el único cuadrúpedo que conocían y comían hasta que llegaron los nuestros.

También pescan a la luz de los cucuyos, a la cual arte se dedican muchísimo, ejercitándose desde niños: de modo que al uno y al otro sexo lo mismo les da nadar que andar por tierra. Y no es esto maravilla si se tiene en cuenta el parto de las mujeres, que cuando conocen que se cumple el tiempo de dar a luz se salen al bosque vecino, y allí, agarrando con ambas manos las ramas de algún árbol, paren sin auxilio de ninguna comadre; y corriendo, la misma madre lleva en brazos la criatura al próximo río. Allí, una y otra vez, ella misma se lava y lava al hijo, y lo restrega y le sumerge, y se vuelve a casa sin quejarse, sin hacer ruido, y le da de mamar. Después todos los días, según costumbre, se lavan muchas veces y lavan al hijo. Esto lo hacen todas de igual manera. No falta quien diga que en algunas partes las que van a parir se van a donde hay agua, y allí esperan el parto, poniéndose en disposición (cruribus apertis) para que caiga al agua. Cuéntase por muchos cosas varias respecto a esto.

Fuente: Historia Real y Fantástica del Nuevo Mundo. Biblioteca Ayacucho, Caracas, 1992.

miércoles, 15 de octubre de 2014

Canis dirus: el lobo terrible de Muaco

Hace 12.000 años antes del presente (a. p.), un lobo gigante cazaba en las llanuras costeras del mar Caribe. Tal vez los primeros pobladores humanos del continente americano compitieron con este  depredador  por las presas o quizás ellos fueron las presas.
El lobo terrible (Canis dirus) fue descubierto para la ciencia en 1854 por Francis Link y descrito anatómicamente por Josep Leidy en 1858. El paleoarte nos revela en efigie un lobo de gran tamaño, su peso promedio se estima en 80 kg. Canis dirus era un animal robusto. El morro era largo y las mandíbulas potentes, con dientes gruesos y fuertes, capaces de triturar huesos. Sus retos fósiles han sido encontrados desde los bosques canadienses hasta las pampas argentinas.
El lobo terrible también fue encontrado en los yacimientos fosilíferos de una antigua fuente de aguas surgentes en Muaco, Estado Falcón, donde acechaba a sus presas: camélidos antiguos, caballos americanos, cachicamos gigantes, perezosos terrestres, crías de mastodontes, cérvidos. Tal vez el cambio climático produjo una extinción masiva de  los grandes mamíferos de los que se alimentaba. Tal vez los eficientes cazadores Paleoindios –como se conoce en arqueología a los primeros pobladores–, armados con proyectiles con puntas de piedra tallada y propulsores, fueron tan eficientes que exterminaron las bestias de las que se alimentaba el lobo terrible. Sea cual fuere la causa, el lobo terrible se extinguió hace 12.000 a. p.; cuando hicieron su aparición en el escenario americano los primeros seres humanos en América.
Desde 1960, se ha develado gradualmente el velo sobre los yacimientos arqueológicos y paleontológicos del Nor-Occidente del Estado Falcón. Los suelos de Muaco y Taima-Taima revelaron a Royo-Gómez (1960), Cruxent (1961), Rouse (1961), Bocquentin-Villanueva (1979), Casamiquela (1979), Ochsenius (1980), la riqueza ancestral que atesoraron durante miles de años.
Canis dirus fue uno de los animales representativos del Horizonte Faunístico Corianense, que se perduró desde el Pleistoceno hasta inicios de la época geológica actual –Holoceno– y la llegada de los primeros seres humanos al suelo falconiano.


Camilo Morón

Perdiendo la Fe en la Economía


Ojos negros, pelo cuervo, piel  ébano. Pantera vestida de viernes por la noche para matar.
Un bar en el corazón de Los Andes, Venezuela,  un sitio para decir con el “chino” Valera Mora: “Señora, si Ud. conociera a Mérida / diría que Sodoma es virgen.”
Piel de ébano, pelo ala de cuervo, ojos aciagamente negros. Noche del viernes. Joven pantera al acecho. Mi carne expuesta con la camisa abierta, pero ¡ay de mí!: la pantera no caza víctimas sino conversos. Como los aztecas, es la suya la guerra florida: busca prisioneros. Introito en clave renca…
El leitmotiv de estas líneas es la pérdida de fe, no en cualquier institución o credo                –Religión, Iglesia, Estado– sino en el nuevo ídolo, la ramera ebria que cabalga desnuda a lomos de la bestia peluda y policéfala del Apocalipsis de San Juan: la Economía.
Era la suya una belleza bruna, oceánica, evocación de peces abisales con su linterna fatal jamaqueante en el morro y ¡zas!: la hermosura mata. Estas líneas son la crónica urbana  –que quisiera ser satírica, como una herida que sangra– de los juanes y marías de todos los días y todas las esquinas que deambulan de claro en claro y de turbio en turbio con una chapa en el pecho de los productos de belleza Papachongo, la línea de plantas medicinales Monte-es y los peroles plásticos Durex (no la conocida marca de condones, sino una fábrica impensable de peroles).
Hay en estas gentes un como  soplo divino y tenaz  porque tienen una misión: quieren ser ricos.  D. H. Lawrence escribió en  un poema al que tituló Riqueza: “Cuando deseo ser rico, entonces sé que estoy enfermo.” En ese caso, declaro mi crónica convalecencia. Esta enfermedad de querer ser rico se ha enconando conforme respiro y me distancio del vivero de mis días de estudiante. Otrora incubé la idea de vivir en el desierto, aullar, lanudo y terrestre a la Luna, vender mis poemas en la carretera como si fuesen conejos muertos, pericos cautivos o cualquier otro animal de monte. Pero esos espejismos se fueron evaporando ante la terquedad de los hechos nudistas de la vida: el pasaje en el carrito por puesto, la resaca del miche malo, el pecado que no se concreta porque es caro. Hay pecados baratos pero todos son veniales. Las tragedias cotidianas y las molestias menudas abonan  el espejismo de querer ser rico. Así que hay un puente en el espejo de esos juanes y marías de todos los días y mi alma convaleciente por querer ser rico, sinceramente.
Pero Dios, en su cósmica sabiduría de las finanzas, no le dio cachos al burro; aunque según Engels la burra lo corone con todos los cachos del mundo [paráfrasis herética de El Origen de la Familia, la Sociedad y el Estado]. Y ese no tener cachos el burro es el secreto de su sobrevivencia, porque a buen seguro le daría por emprender a cornadas contra quimeras de todos los colores, enderezar entuertos y otras causas fútiles, perversas y torcidas. Así, pues, Dios puso en mí el deseo pero no el talento. Y en este pelabolismo nuestro de todos los días es que encontré un viernes por la noche a la pantera.
Curvas mortales reclinadas sobre la madera, ojos de antracita que pasean el espacio, la sospecha de una palabra cautiva en sus labios: el aliento de miel de la pantera del que hablaban los bestiarios medievales. Venado cautivo, burro sin cachos, fuime acercando creyéndome sigiloso. Una sonrisa tímida…No te había visto antes por acá (lo que es una manera tan mala como cualquier otra de anunciar que se tiene problemas con la bebida). ¿Qué haces aparte de ser bonita y adornar el mundo? –A estas alturas es un milagro que no me haya dado la espalda, pero la pantera está de cacería… Viste ropa casual, con ansias de percha ejecutiva, y allí, en la solapa, como una luna diminuta, está la chapa como un talismán: los productos Papachongo, la hierba seca Monte-es, los peroles plásticos Durex, asesinos de tortugas marinas.
II
Misericordiosamente acortemos el relato: una tarde la pantera llamó al venado para invitarlo a salir. Seguramente en la vida pasado fui Job, avergonzando a mi Señor, haciendo brotar árboles de mis heridas. Y ahora la Rueda de la Vida me premia, eso creo... Ella no quiere ir al bar del viernes por la noche. La ruta inicia, pienso lúbricamente, en el salón de un hotel venido a menos en el que se dará una Conferencia  –así, con todas sus letras– de los jóvenes y brillantes ejecutivos regionales de los productos de belleza Papachongo. Una primera nube oscura en mi cielo erotizado de venado ingenuo: la entrada es paga: menos dinero para la cerveza: menos oportunidades de ir, no al salón, sino a la cama: el polvo exprés: el polvo del gallo; la sabiduría ancestral de los pueblos originarios: indio comido, indio ido. 
Aquellas personas allí reunidas fueron desplumando durante dos horas los sueños sin cuernos del burro. Develaron  sus insignificantes vidas antes de tropezar –lo que ahora era el eje de sus vidas redimidas– con los productos Papachongo, con la gran familia Papachongo, con la filosofía Papachongo, con la infame chapa Papachongo. Antes eran borrachines, tarumbas, fuleros, ninfómanas –suspiro–, cuenteras, adulteras –otro suspiro–, y ahora sus vidas –ayer retorcidas y cojas– estaban en los rumbos ortopédicos de una verdadera religión: la Economía. Y Dios estaba entre ellos y tenía en la frente el signo del dólar…
III
Aquellos juanes y marías eran sufridos como anacoretas, tercos como mártires, obstinados como fundamentalistas; visionarios, duros y contemplativos. Pero sobre todo eran vampiros…
El mecanismo del contagio es el siguiente: hay una situación previa: el pelabolismo, algo así como un ambiente obeso-génico, pero al revés. En este ambiente de incertidumbre bursátil muchos sucumben a los cantos de sirena de la autoayuda financiera. Pero este clima espiritual requiere de un lubricante: dinero, aunque sea poco. Está en la base de la pirámide, pero se trata de una pirámide con tendencia cilíndrica –y tragicómica– porque el nivel superior es apenas un poco menos miserable que el nivel inferior en aquella fraternidad jerarquizada de vampiros. Para trepar por la cuesta debes atraer nuevos conversos quienes a su vez deben llevar a otros conversos hasta que en algún punto de la infección grupal se trata simple y llanamente de pendejos. Y supongo que es aquí donde entro yo…: Aquella noche, con mis sueños erotizados desplumados, no más sabio pero sí más escéptico, perdí la poca fe que me quedaba, vacilante, semejante a una pavesa, en el nuevo ídolo, la ramera desnuda del fin de los tiempos: la Economía.
Camilo Morón

sábado, 11 de octubre de 2014

Tres Fábulas en el Zapato

I
La Luciérnaga y la Serpiente
Cierta vez, una vieja serpiente venenosa perseguía a una joven luciérnaga, por llanuras y montañas, junglas y campos, días y noches, hasta que la joven luciérnaga la encaró valiente pero fatalmente exhausta: -¿Puedo hacerte tres preguntas antes de morir? Hazlas   -dijo la serpiente-, después te devoraré. ¿Soy parte habitual de tu cadena alimenticia?, preguntó la luciérnaga. La serpiente dijo: no. ¿Alguna vez te hecho daño? No, respondió la serpiente con sequedad. Entonces, ¿por qué me persigues? La serpiente respondió con amargura, arrastrando las palabras con su lengua bífida: porque no soporto verte brillar.

II
El Águila y el Gusano
Pido prestadas estas palabras a un cuatrista,
cuatrero de sueños
–hablo de Gustavo Colina–,
llegadas hasta él dando tumbos a través del tiempo:
Posado en el risco,
pregunta extrañado el águila
al gusano:
¿Cómo has llegado hasta acá?
El gusano responde
sin pudor y con dejo revanchista:
Arrastrándome.

III
Tierra de Avispas y Lagartos
Palabra en discusión: Coriana, Curiana.
Según el Cronista Juan de Castellanos, si es que le leemos bien: Tierra de los Vientos.
Según Pedro Manuel Arcaya:
proviene de las voces arawak: Koori (avispa o cacuro) o Kuru (lagartija o bisure),
por lo que vendría a decir: Tierra o lugar de  avispas y lagartos.
Según Gilberto Antolínez: Suelo Semejante a una Flor Roja.
Según Carlos Gonzáles Batista: Lugar espinoso o tunero, coloquialmente.
Leo en un poema de Federico García Lorca que curiana es cucaracha.
Yo  simpatizo –por las razones equivocadas– con Pedro Manuel Arcaya:
Coriana, Curiana: tierra de avispas y lagartos.


Si se molestan algunos, así es la vida…

Arqueología y Paleontología en Falcón: La Verdad y su Historia


La inocencia no mata al pueblo, pero tampoco lo salva. Lo salvará su conciencia y en eso me apuesto el alma”, cantaba en Coquivacoa Alí Primera, con sentido de genuino compromiso con los saberes ancestrales, el conocimiento científico, la verdad esencial del pueblo y la memoria histórica. Y en Abrebrecha,  se hizo eco de la sabiduría popular al cantar: “El que vive en la oscurana con poca luz se incandila.” La vocería del funcionariado público, sujeta al caprichoso azar del vaivén del viento político, no es la fuente más calificada para declarar de cara a la complejidad histórica. Recientemente (15 / 12 / 2013)  leímos en la prensa regional estas declaraciones tan inexactas como  desinformadas: “…Será creado el Laboratorio de Arqueología y Paleontología en Coro, en convenio con la Universidad Central de Venezuela…Éste sería la primera institución de este tipo, creada en el país y el estado; así lo informó ayer Merlín Rodríguez, directora general del Gabinete de Cultura y Directora de la oficina Técnica del Instituto de Patrimonio Cultural de Falcón” (sic). Hay quien dice que la información la dio el Vice-Ministro del Poder Popular para la Cultura y otros que fue Barney el Dinosaurio; pero por oficio de historiador  hemos de remitirnos a las fuentes documentales, por volubles y contradictorias que sean. Eso sí: ejerciendo la crítica interna y externa de dichas fuentes: quién dice qué a quién, cómo y por qué.
La historia es un libro cuyas páginas deben ser pasadas, pero no olvidadas y la historia como la vida es muy compleja. Si bien puede ser cierto que el discurso oficial recurre con frecuencia a episodios históricos  –reales o fabulados–, no es menos cierto que las declaraciones y ejecutorias de ciertos funcionarios van en sentido contrario a la evidencia histórica; aquella historia que atesoran la memoria oral, los documentos escritos y  los testimonios materiales como las casonas coloniales  o los yacimientos arqueológicos. Podemos remontar en la memoria reciente, impresa y urbana, un rosario de desaciertos: La edición del “Diario de Bucaramanga”, hecha para la Biblioteca de los Consejos Comunales, incorpora páginas que han sido identificadas como espurias por la crítica histórica desde la década de los 1980: en ellas Bolívar es pintado como un sujeto delirante, alucinado, perverso y soez. El discurso que se leyó en cadena nacional cuando se llevó simbólicamente la tierra de Guaicaipuro del Panteón Nacional estaba tomado de las páginas falsificadas que Rafael Bolívar Coronado –el célebre autor de la letra de “Alma Llanera”, a quien Rafael Ramón Castellano llamó “un hombre con más de seiscientos nombres”–  vendió y con ello timó a Rufino Blanco Fombona y a generaciones de lectores incautos, algunos de ellos pretensos historiadores, que se meten a brujos sin conocer las yerbas ni los ritos. Luis Dovale y los cursantes de la Maestría en Historia que acredita la  Universidad Nacional Experimental Francisco de Miranda (UNEFM) en convenio con la Universidad Centroccidental Lisandro Alvarado (UCLA),  han denunciado en el desierto de los oídos oficinescos el “memoridicio” de los archivos regionales.  En plena efeméride gobiernera por los 20 años de la declaratoria de Santa Ana de Coro como Patrimonio Cultural de la Humanidad, Carlos González Batista pidió corregir el error perpetrado en el Balcón de Los Arcaya: “La tradición coriana era pintar la madera y ese balcón estuvo pintado de azul claro desde sus orígenes.” Supongo que mi amigo, el artesano Víctor Hernández, artista de la serigrafía tradicional, tendrá que repintar el estampado de sus franelas para ajustarse a la nueva e insólita paleta cromática que hoy desluce en el Balcón de Los Arcaya y con él todos los artesanos que desde tiempo inmemorial han retratado esta icónica casona en azul y en blanco. En respuesta una primera versión de este escrito, Simón Petit  – Director del Instituto de Cultura del Estado Falcón (INCUDEF) – hizo notar que desde que tenía memoria, el Balcón de Los Arcaya había lucido diversos tonos de azules; a lo que hay que precisar que existen métodos científicos para establecer las secuencias cromáticas que alguna vez pintaron las fachadas de las casonas antiguas y que no se conservan casas aisladas, sino paisajes urbanos. Hace poco, haciendo gala de temeridad e insolencia, desde un ente gubernamental surgió la propuesta –en serio– de demoler las calles de piedras y sustituirlas por adoquines, con el vano argumento de que por allí pasara una carreta. La respuesta firme de algunos trasnochadores que hacemos vida bohemia y urbana en la zona histórica y el Paseo Alameda, puso en evidencia el tamaño del desvarío.  La lista de desaciertos es larga, pero no estoy de humor para meter los dedos en tantas llagas.
Decir que ese pretenso Laboratorio en Arqueología y Paleontología “es la primera institución de ese tipo creada en el país y en el estado” es una clara muestra del desconocimiento de la historia de la Arqueología en Venezuela y más señaladamente en la Región Coriana, como Cruxent y Rouse denominaron la especificidad arqueológica del estado Falcón en una obra clásica “Arqueología Cronológica de Venezuela”, cuya edición príncipe data de 1958 y en cuya dedicatoria leemos: “Cruxent desea expresar su gratitud al Museo de Ciencias Naturales del Ministerio de Educación, a la Universidad Central de Venezuela y al Instituto Venezolano de Investigaciones Científicas (IVIC) por el apoyo que prestaron a sus trabajos.” Dos párrafos después: “Ambos autores agradecemos a la Sociedad de Ciencias Naturales La Salle, de Caracas, la oportunidad que nos han proporcionado para estudiar sus colecciones arqueológicas.”  Y más adelante: “Igualmente agradecemos la valiosa colaboración de la Escuela de Sociología y Antropología, de la Facultad de Economía y de las autoridades de la Universidad Central de Venezuela, que han hecho posible muchas de nuestras investigaciones y patrocinaron la presente edición.” Los autores hacen referencia a la edición de 1982. En el Prefacio, Cruxent y Rouse mencionan los nombres de setenta y cuatro (74) investigadores, argumentan con justicia y pundonor científico: “El logro de una obra compendiadora como esta no depende sólo de sus autores, sino también del conjunto de datos reunidos por sus colegas y predecesores, por lo que deseamos reconocer nuestra deuda con todos aquellos que han desempeñado un papel activo o han colaborado directa o indirectamente al progreso de la arqueología venezolana.”
Una breve relación de fechas pondrá en evidencia la hondura de lo que desconoce el funcionariado público que vocifera en la prensa y mutila  la memoria: en 1906, Pedro Manuel Arcaya reúne la primera colección arqueológica en Coro de la que tenemos noticias; lo sabemos por una carta que escribió Arcaya a Lisandro Alvarado por aquellos días. En 1932, Francisco Tamayo realizó excavaciones arqueológicas en el área. En 1935, Gladys Ayer Nomland describe los atributos de la cerámica arqueológica propia de la región. En 1953, Cruxent crea las cátedras de Arqueología y Arqueología de Venezuela en la UCV, de las que fue profesor hasta 1960.  En 1956, Cruxent visita por primera vez los yacimientos de El Jobo, en el valle de río Pedregal, correspondientes al período Paleoindio, cuando los primeros pobladores de Venezuela cazaban los mamíferos de la megafauna pleistocena en ese otro yacimiento clave de la Arqueología y la Paleontología americana que es Taima-Taima, ampliamente excavado y analizado por el Museo de Ciencias Naturales –del que fue directo Cruxent por más de dos décadas–, el IVIC y por la UNEFM.  En 1960, José Royo y Gómez publica “El Yacimiento de Vertebrados Pleistocenos de Muaco, Edo. Falcón, Venezuela, con Industria Lítica Humana.”   En 1959, se crea el Departamento de Antropología en el  IVIC; al respecto escribe Marcel Roche: “No me interesaban los diplomas ni los papeles. Me atraía el hecho que Cruxent era una persona que publicaba y estaba interesado en la formación de jóvenes; también pensé que su tendencia a utilizar métodos químicos y físicos en la Arqueología lo llevaría a establecer nexos con otros departamentos en el IVIC.” A propósito de estas líneas, preguntamos: ¿dónde están las publicaciones especializadas, las horas de docencia, las jornadas de investigación de campo, biblioteca y  laboratorio, de quienes tienen en sus manos la administración del Patrimonio Cultural de los corianos?  Respondemos: No existen. Hay que decir que el rey o la reina están desnudos, al menos en lo que a credenciales académicas y científicas se refiere, y que no hubiesen superado la prueba de un concurso de oposición transparente, como el que quienes ejercemos la investigación y la docencia hemos tenido arduamente que remontar.
En un recuento histórico, apuntó Alberta Zucchi: “Cruxent junto con el Dr. Chuchani, es factor importante en la creación del hoy desaparecido Laboratorio de Carbono 14 del Departamento de Química del IVIC, el primero en su género que ser creó en Sur América.”  En 1976, Cruxent y Ochsenius crearon en Coro el Centro de Investigaciones del Paleoindio y Cuaternario de Suramérica (CIPICS). En 1980, Cruxent crea en la joven UNEFM, a instancias del Rector Tulio Arends, el CIAAP: Centro de Investigaciones Antropológicas, Arqueológicas y Paleontológicas. En Falcón se dio  la clase inaugural de la Asociación Venezolana de Arqueología (AVA). Los aportes del CIAAP requerirían un artículo extenso su sola enumeración: colecciones, documentos, investigaciones de campo y laboratorio, publicaciones. Así, pues, no hay tal primogenitura ni progreso, hay más bien un retroceso sostenido en la escena de la Arqueología venezolana.
Pese a las dificultades presupuestarias y  a la inepcia de quienes han gobernado alguna vez el país, instituciones como el Museo Arqueológico Gonzalo Rincón Gutiérrez, en la Universidad de Los Andes, Mérida, y el Museo Arqueológico Francisco Tamayo, en Quibor, la Escuela de Antropología, en la Universidad Central de Venezuela, el Departamento de Antropología en el IVIC, el CIAAP en Falcón, han conservado encendida la luz de la investigación arqueológica en Venezuela.
El 16 de septiembre de 2013, en Consejo de Área del Decanato de Ciencias de la Educación, ante el Decano, Directores, Coordinadores y Jefes de Departamento, fue presentado y aprobado el Aula Laboratorio de Conservación y Restauración de Bienes Arqueológicos y Paleontológicos (ALab-CRBAP), adscrito al Programa de Conservación y Restauración de Bienes Culturales de la UNEFM. Correspondió al Mgs. Sc.  Alexis Antequera, Director del Programa, y el Mgs. Sc. Camilo Morón, Coordinador del Área de Conocimiento  Bienes Arqueológicos y Patrimonio Cultural, ganador en concurso de oposición realizado  de credenciales, examen escrito y examen oral el 21 y 22 de junio de 2013, hacer la presentación ante las autoridades universitarias. El 12 de diciembre de 2013, el Decanato de Acción Social le asigna al ALab-CRBAP un aula en el ala Sur, primer piso, Antiguo Seminario de San Francisco. Los días 17 y 18 de diciembre de 2013, los estudiantes de la asignatura Bienes Arqueológicos II  (UNEFM-Municipalizada) dieron entusiastas y amorosamente  dos jornadas de trabajo voluntario para la humanización del Aula Laboratorio.
Las responsabilidades de los crímenes contra  la memoria histórica están repartidas aquí y allá: el gobierno, la universidad, la desidia de los corianos, la mala suerte de los mismos corianos que quedan sujetos a los caprichos de los funcionarios de turno, sus negocios, sus torpezas  y sus prebendas.  Tal el juicio de la historia o por lo menos de un historiador por oficio y vocación. Como valientemente decía el maestro J. M. Cruxent a su hija Teresa: “Hay que pelear por lo que crees, siempre que no creas que eres infalible.  Y de cara a la historia, dijo: “Hay que afrontar las muchas consecuencias de la verdad.”    

Camilo Morón

Criaturas Oceánicas

Peces abisales. Delfines míticos. Tortugas ancestrales. Orquídeas carnívoras. Botellas tatuadas, llegadas desde playas desconocidas, que traen en su vientre mapas y mensajes de una poesía cifrada. La obra de Luis Ernesto “Wiche” Colina participa de la visión anárquica de los mundos oníricos y el rigor geométrico del dibujo preciso, exacto, virtuoso. Los Lps que hicieron bailar a nuestros abuelos y a nuestros padres y acompañaron una juventud musicalmente vivida en carne propia, se truecan, virtud a la línea y el color, en obras de arte por derecho propio, adquieren una sonoridad inédita en el espacio.
Wiche Colina se re-inventa a sí mismo en las búsquedas de un lenguaje plástico en permanente renovación. En esta búsqueda infatigable nada es dejado al azar: son las variaciones de una sinfonía. En un primer momento, una propuesta estética es austera, minimalista. En el siguiente, el mismo motivo retorna con insólitos abalorios barrocos, florales, frutales. En este juego de reflejos y sombras, en este laberinto de símbolos, el artista crea y re-crea su máscara ritual de demiurgo cabalístico.
Desde el mural al lado de la carretera, pasando por la obra de gran formato que retrata en lienzo la esencia de un delfín o una tortuga titánicos, hasta las primorosas tarjetas de salutación y las botellas decoradas, el pincel y el buril recorren un arcoíris de dimensiones y temas.  Pese a esta variedad –o quizás gracias a ella–, una vez que se ha visto y sumergido en una obra de Wiche Colina, el privilegiado contemplador reconoce sus obras en un nuevo lenguaje expositivo: es como la marca de un fuego personal, un fuego colorido de formas y sugerencias. Ni puramente abstracto, ni desnudamente figurativo, siempre Wiche Colina.

Camilo Morón